La niña bajó del banquito con calma.
No lloró.
No se defendió.
Solo miró a Nico.
—No era “quién sabe qué” —dijo, volviendo por fin la vista hacia Rodrigo—. Es agua bendita. De la Basílica. Mi abuelita dice que cuando ya no queda nada… Dios sí escucha.
Rodrigo sintió una punzada de enojo y dolor.
—Mi hijo no necesita supersticiones. Necesita medicina.
La enfermera tomó suavemente a la niña por los hombros.
—Su hermanito está en la habitación 412 —explicó en voz baja—. Cáncer. Ella viene todos los días con su abuela. Se escapa a rezar por los niños más graves.
Rodrigo miró a Lupita de nuevo.
La botellita dorada seguía en su mano.
—No le hice daño —añadió la niña, seria—. Solo le pedí a Dios que no se lo llevara.
Algo en su voz no tenía fanatismo.
Tenía certeza.
La enfermera la sacó del cuarto.
Rodrigo se quedó solo otra vez.
Miró la almohada húmeda.
Suspiró con cansancio.
—Lo siento, Nico… —murmuró—. Papá está perdiendo la cabeza.
Se sentó.
Pasaron minutos.
El monitor siguió su ritmo constante.
Y entonces…
Un pitido cambió.
Rodrigo levantó la cabeza.
El monitor cardíaco, que llevaba horas mostrando un patrón irregular, marcó una variación distinta.
Más estable.
Parpadeó.
—Debe ser coincidencia —susurró.
Se inclinó hacia Nico.
La respiración del niño, que antes era superficial y entrecortada, sonaba apenas más profunda.
—Nico…
Los dedos del pequeño se movieron.
Un poco más que antes.
Rodrigo se puso de pie de golpe y llamó a la enfermera.
—¡Vengan! ¡Ahora!
El equipo entró rápido.
Revisaron parámetros.
Salgado fue llamado de inmediato.
Observó las gráficas con el ceño fruncido.
—Esto… es extraño —murmuró.
—¿Qué significa? —preguntó Rodrigo con la voz temblando.
—Significa que su sistema inmunológico está reaccionando. No sabemos por qué. Pero algo cambió.
Durante las siguientes 24 horas, Nico no empeoró.
No mejoró de manera espectacular.
Pero tampoco descendió como estaba previsto.
El día siguiente, abrió los ojos por primera vez en una semana.
Rodrigo estaba allí.
—Papá… —susurró Nico, apenas audible.
Rodrigo se derrumbó.
No de dolor.
De alivio.
El doctor Salgado volvió a revisar análisis.
—No puedo explicarlo —admitió—. La progresión se detuvo. No ha desaparecido la enfermedad, pero su cuerpo está respondiendo como no lo había hecho.
Rodrigo pensó en la niña.
En la botellita.
En la cruz torpe sobre la frente de su hijo.
No era hombre religioso.
Nunca lo había sido.
Pero algo dentro de él se movió.
Esa tarde fue a la habitación 412.
Lupita estaba sentada en el suelo, dibujando con crayones junto a una cama donde un niño calvo dormía.
—Hola —dijo Rodrigo suavemente.
La niña levantó la mirada.
Lo reconoció.
—¿Se enojó mucho?
Rodrigo negó con la cabeza.
—Mi hijo abrió los ojos hoy.
Lupita sonrió como si hubiera esperado la noticia.