Era una tarde tranquila junto al lago. Doña Elena observaba el agua oscura desde el muelle, con el pañuelo bien ajustado sobre su cabeza. Siempre había dicho que no sabía nadar. Siempre había confesado que le tenía miedo al agua.
Su nieto Lucas, de diecinueve años, sonreía con esa expresión juvenil que mezcla arrogancia y diversión.
—Abuela, ¿no decías que querías aprender a nadar algún día?
Ella dio un paso atrás.
—Sí… pero tengo miedo. No juegues con eso, hijo.
Lucas rió.
—Ay, abuela, dramatizas demasiado.
En un segundo todo cambió. Un empujón ligero, casi juguetón… y su cuerpo perdió el equilibrio.
Cayó al agua.
Risas mientras alguien lucha por respirar
El impacto fue brusco. El lago estaba frío. Doña Elena desapareció bajo la superficie y, cuando logró salir, sus ojos ya no tenían vergüenza ni nerviosismo… tenían terror.
—Ayuda… no puedo…
Intentó sostenerse del borde del muelle, pero la madera mojada hacía que sus manos resbalaran. La ropa empapada la arrastraba hacia abajo. Tragó agua. Volvió a hundirse.
Desde arriba, las risas.
—¡Graba, graba! ¡Esto está buenísimo! —dijo su nuera Patricia, levantando el teléfono.
—¡Abuela, actriz del año! —gritó su otro nieto, Mateo.
Su propio hijo, Ricardo, observaba con una sonrisa torcida.
—Solo quiere llamar la atención —comentó con indiferencia.
Ella volvió a salir a la superficie tosiendo, desesperada, aferrándose a cualquier posibilidad de no morir allí, frente a su propia familia.
Nadie extendió la mano.