Renata nunca se sentaba.
Ni en la alfombra.
Ni en las sillas.
Ni siquiera en el suelo durante el recreo.
Siempre estaba de pie.
Siempre tensa.
Cuando algún niño la empujaba sin querer, ella reaccionaba con un sobresalto extremo, como si su cuerpo esperara dolor.
El tercer día, Carolina decidió intentar algo diferente.
Sacó hojas y colores.
—Hoy vamos a dibujar —anunció a la clase—. Quiero que dibujen su lugar favorito en el mundo.
Los niños comenzaron a colorear con entusiasmo.
Playas.
Parques.
Casas.
Heladerías.
Carolina caminaba entre las mesas observando.
Hasta que llegó a Renata.
La niña estaba inclinada sobre la mesa, dibujando con un lápiz rojo y negro.
Carolina miró el dibujo.
Y su corazón se detuvo.
Era una habitación.
Una silla en el centro.
Y una figura grande detrás de la silla.
La figura tenía una cara enfadada.
En el asiento de la silla había una niña pequeña.
Alrededor… manchas rojas.
Carolina se arrodilló despacio.
—Renata… ¿qué es esto?
La niña dejó de dibujar.
Miró el papel.
—Es mi lugar favorito.
Carolina frunció el ceño.
—¿Ese es tu lugar favorito?
Renata asintió lentamente.